dilluns, 3 de gener de 2011


Quizá se convierta en una nueva serie.
En todo caso convido a que os animéis a participar
con vuestros relatos.
Sé que posiblemente no os guste por truculenta.
Es una historia de silencios y desapariciones.
Es mi primer relato literario del año 2011.

Silencio con aristas de cristales rotos

Entré en la casa, deseando encontrarme alguien que me estuviera esperando. Pero allí no había nadie, al igual que en la calle que dejaba a mis espaldas. Tampoco me crucé con persona alguna en el pueblo. No obstante entré, quizá no oyeron que llegaba. Llamé y nadie respondió. Seguí adelante, había evidencias de que minutos antes, alguien había estado allí. Un cigarrillo humeante lo delataba. En la cocina goteaba el grifo. El fuego estaba encendido y el contenido de una olla hervía. Entré hasta el fondo. Nadie. Asomé la cabeza por el hueco de la escalera que conduce al piso de arriba y grité: “¡Hola!” nadie respondió. Pero no era exactamente silencio lo que había, algo gemía en lo alto. Subí. Me encontré entrando en un cuarto y me di cuenta, de pronto, que se trata de mi habitación. Estaba tal cual, parecía que no hubiese pasado el tiempo. La cama tenía las sábanas revueltas y la almohada conservaba aún el calor del cuerpo. Pero estaba vacía. Me estremecí, sonaban en mis oídos aquellos gritos, ¿cómo los había olvidado? Eran chillidos llenos de pánico y dolor. Se había roto el silencio en mil pedazos, con aristas de cristales rotos. Y me encuentro corriendo hacia el dormitorio de mi madre. Veo las sábanas como un mar en tempestad, manchadas de sangre. Y la sombra alargada de mi padre. Con el terror en todo mi cuerpo, en mis oídos, en mi mirada, temblando todo yo, entro impelido por una extraña fuerza. Ahora veo un cuerpo tendido sobre la cama y yo me escondo en el hueco bajo el tocador, cojo el asiento y me refugio tras él. Y desde allí descubro a mi madre desnuda y cubierta de sangre y él que sale corriendo. Me quedo allí, petrificado, inmóvil, sin saber cuanto tiempo ha pasado. Hasta que empiezan a venir las vecinas que gritan ante aquel espectáculo. Nadie me ve. Nadie sabe que he estado allí y que sigo estando como un espectador petrificado, horripilado, incrédulo, destrozado. Con el rostro inexpresivo, como una momia, a la que de repente se le han echado encima, cientos de miles de años. Y marcharán, dejándome solo, después de que salgan, el juez, la policía y los hombres de la ambulancia. Nadie ha caído en la cuenta de mi presencia. Nadie me ha echado en falta. Y he quedado solo. En mitad de un silencio que se rompió en mil pedazos, con aristas de cristales rotos. Y sigue repitiéndose, una y mil veces la misma escena, con un realismo que se diría que sigo ahí inmerso cada vez. Que sucede continuamente. Y lo que es peor, que sabiendo que sucederá, no logro llegar a tiempo para impedirlo. Y me maldigo. Me estoy maldiciendo continuamente puesto que me ocurre a diario, sin poder evitarlo.
Esa era la nota hallada por la policía junto al cuerpo de un joven de veintitrés años, hallado sin vida, en una habitación de la casa abandonada de la calle Freud, en la que años atrás hubo un asesinato.
Rabel Rodríguez-Bella Enero 2011



1 comentari:

marisa ha dit...

Bufa! Una mica truculent si que ho és. Però m'agrada, Rafael.
Seria fantàstic que fos el començament d'una serie d'escrits de tots i totes sobre silencis i desaparicions. Em poso de seguida. Gràcies pel sugeriment.