divendres, 7 de gener de 2011


El buscador de desapariciones

Era un lector pertinaz, incansable, el hombre más feliz del mundo si tenía un libro en sus manos. Había llegado al extremo de abandonar el trabajo para poder disponer de más tiempo para leer. Los vecinos criticaban que estaba dilapidando su fortuna con la compra de tantos libros. Que si seguía así, llegaría al final de sus días arruinado. Él sabía que era criticado y eso le enorgullecía. Es más, la deba más ánimos para seguir con la lectura.
Tanto había leído que había terminado con todas las novelas y ahora leía ensayo.
Leía, leía apasionadamente, sin poder parar ni un solo instante. El libro que lo tenía sobreexcitado en la actualidad, y que lo mantenía absorbido por completo era un tratado titulado “El buscador de desapariciones”. Cada página, cada capítulo, le hacían aumentar su interés. Deseaba avanzar cuanto más rápido mejor, ansioso como estaba, por llegar al final. El tema, descubrió que le interesaba a más no poder. Tanto que había llegado al extremo de haber dejado de dormir, empalmando un día con otro. Comía mientras leía. No podía parar. Parecía que aquel libro era lo único que lo mantenía con vida. Pero había algo extraño en aquella lectura, y que dado su apasionamiento, no había detectado. Conforme leía, conforme pasaba página, aquella lectura se duplicaba y conforme avanzaba el libro crecía más y más. Hasta llegar el día que empezó a sentir agotamiento. Reconoció finalmente que se sentía materia maltratada, que entraba en una rueda sin fin, imposible de detener y empezó a darse cuenta de que pronto aquella situación lo llevaría al desastre, pero no sabía que tipo de desastre. Se sentía arrastrado por una fuerza oculta e inevitable. Eso era todo. Y empezó a notar una angustia omnipresente que se le instaló en todo su ser y que le incitaba a leer más y más deprisa. A una velocidad que jamás hubiese pensado llegaría a conseguir. Y advirtió su impotencia cuando comprendió que jamás podría detener aquella lectura. Y lo que era peor, tampoco sabía qué cantidad de páginas le quedaban. El interés desmedido por seguir adelante terminó por ausentarlo de la realidad. Pero a todo le llega su fin. Nada es eterno. Y comprobó por el tacto que había disminuido el grosor del la parte final del libro, pero sintió un gran desasosiego porque entonces supo que se sentía feliz, inmensamente feliz leyendo y que se sentiría desgraciado cuando terminase el libro. Pero ocurrió algo inesperado: al llegar a la última página, fue absorbido.
Al día siguiente, como de costumbre, llegó la mujer de la limpieza y quedó sorprendida por un enorme libro que ocupaba prácticamente toda la sala. No vio al dueño de la casa y pensó que éste había salido.

Rafael Enero 2011

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
A parte de eso, dentro de mí tengo todos los sueños del mundo.
Fernando Pessoa.

1 comentari:

maria dolors ha dit...

Davant dels teus escrits, i d'aquest en particulat, em trec el barret.