dissabte, 19 de març de 2011



Muerte en Venecia


Ayer empecé de nuevo a leer “Muerte en Venecia” de Thomas Mann (encargo del profe) y después tendré que ver el film de Visconti (se nos ha pedido que hagamos comparaciones. No problem. Me gustará ver cuántos la compararán también con la ópera del mismo título de Benjamin Britten- que se pudo ver en el Liceu-). Ahora leer, no es lo mismo que cuando leía antes. Los libros me están diciendo muchas más cosas. “Muerte en Venecia” la leí motivado por el interés del estreno del film en Europa (1971), en España el espectador cinematográfico tendría que esperar a que se muriera el dictador para poderla ver. Recuerdo que cuando se estrenó en Francia (el mismo año en que se presentó en Venecia), aquel verano nos hallábamos en París y corrimos a meternos en un cine en Champs Elysees, para verla. Salimos en estado de éxtasis, no hace falta decirlo, cenamos en la zona y decidimos entrar en otro cine (sesión de noche) para ver “El mensajero” de Joseph Losey, que también se había presentado aquel año en Venecia. Magnífica cosecha aquel año.
El libro comienza con el protagonista dando un paseo y se encuentra con un extraño individuo que le llama la atención. El escritor Gustav von Aschenbach (la palabra escogida por Mann: Aschenbach significa arroyo de cenizas), se ha detenido a esperar un tranvía junto a un cementerio, y ve salir del pórtico de ese cementerio, a un hombre que atrae su atención y le da una sensación fantasmal. Es el primer contacto que tenemos con la muerte.
Recuerdo entonces el inicio del film. Von Aschenbach, es aquí un músico, está sentado en una gandula de cubierta del vaporetto que se acerca a Venecia. Cuando llegue buscará a un gondolero que lo lleve al hotel. Discutirá con él. Un gondolero extraño, enjuto, poco hablador y la góndola como todas las góndolas, es negra, con adornos dorados, como un ataúd. Siempre se ha hablado del aspecto mortuorio de las góndolas. Y Visconti se sirve de esta imagen. Es el primer encuentro con la muerte, en el film. Los que seguís mis escritos quizá recordéis que en una de mis “columnas” hablaba de la pintura de Arnold Böcklin, “La isla de los muertos”, en referencia al monumento existente en la Diagonal con P. Sant Joan dedicado a Verdaguer. Aquella impresionante imagen creada por Böcklin de la figura de la muerte, envuelta en una sábana blanca que conduce la barca, aproximándose a la isla, no he podido evitar memorizarla.
Y es que el arte, en todas sus manifestaciones, tiene el aliciente de que puedes ir ensartando piezas de distintas disciplinas que se entrecruzan, como si fuesen cuentas de un collar.
Rafael Rodríguez-Bella Marzo 2011

2 comentaris:

Maria Dolors ha dit...

Un collaret de brillants!
La mort, personalitzada és terrible. La del Sèptimo sello, jugant a escacs és escalofriant.
Les góndoles, actualment no sé si donen aquesta imatge. Canten i fan massa comèdia. Per cert, he anat a Venècia molts cops i mai he pujat en una gòndola.(tinc el sentit del ridícul exacerbat, segurament), però sí he sentit l'espectre de la mort en un carreró al davant mateix de la Illa dels morts.

Mª Teresa ha dit...

Encaraq ue amb rtard he llegit el teu escrit, enriquidor com sempre. Muerte en Venecia em va impactar molt i les seves escenes encobrim la mort em van apropar al cine. Que bé que tornis a explicar-nos coses de cinema.