dissabte, 28 de desembre de 2013

CINE

 

Una Nochebuena decadente

Salir a caminar, el hecho en sí, es una buena opción, quizá no lo son tanto los resultados que se puedan obtener. Pero aquella noche, nochebuena, decidí tomar el autobús, se hacía tarde y había tomado la decisión de ir al cine. El autobús tardaría, según la pantalla indicadora, dos minutos. Llegó puntual, pero tuve que lanzarme al asfalto, agitando enérgicamente los brazos para ser visto. Aquel autobús no iba por su carril correspondiente, circulaba por el centro de la calzada y a toda velocidad. Pensé que lo perdía que no pararía. Pero me vio y frenó con gran esfuerzo y chirriar de neumáticos, varios metros más allá de la parada y tuve que echar a correr entre los containers de la basura, para montarme en él. “Si se descuida me deja en tierra”, le dije al chofer al entrar. Por toda respuesta oí cerrar las puertas tras de mi y volvió a emprender la carrera. Fui comprobando que en cada parada ocurría lo mismo, el público lanzándose  con grandes movimientos de brazos y la consiguiente carrerilla posterior. Llegué presto a mi destino. La calle Balmes la bajó en una exhalación. ¿Qué le ocurría a aquel hombre? ¿Llevaba retraso en el horario? ¿Era su último viaje y quería terminar pronto? Era nochebuena. Eso era. Quizás para él, eso era importante o quizá lo más lógico era que le cabrease tener que trabajar, mientras el resto de ciudadanos celebraban la fiesta. Ves tú a saber, me dije, pero yo le agradecí llegar con tiempo suficiente al cine.
Antiguamente, el cine estaba lleno por esas fechas. Hoy solo había media entrada. El cine ya ha dejado de ser la única diversión. De todas formas, sigue siendo la mejor opción a la insufrible misa del gallo.
Tampoco el Renoir Floridablanca, es lo que era. Fue, en su origen el cine Floridablanca a secas, un cine de barrio de programación doble de reestreno preferente, con una gran pantalla y una enorme sala. Luego redujo algo su capacidad al instalar el Cinerama de una sola cámara (los 70mm), para estrenar “2001: Una odisea del espacio” y de ahí pasó a denominarse Renoir Floridablanca, con 12 salas y que para lograrlo troceó aquel amplio espacio que un día fue, para convertirlo en un laberinto de pasillos y escaleras que te conducen a diminutas pantallas y en la actualidad, destartaladas butacas. Así ha terminado el Floridablanca que está agonizando por momentos, dado que su dueño, González Macho, el Presidente actual de la Academia de Cinematografía de España, ha cerrado su empresa, Alta Films que le suministraba la mayor parte de las  películas.
El film que elegí, fue “La gran belleza”, la decadencia de la opulenta jet set italiana, para entendernos, algo así como una versión actual de “La dolce vita”, pero sin Fellini, ni falta que le hace. Decadencia en la pantalla y en la historia que se proyectaba, decadencia de aquella sala, decadencia de la política que nos está cayendo encima y quizá por todo ello, en vez de hundir mi moral, me divirtió enormemente el film de Sorrentino, que además tiene unas hermosas imágenes de Roma, sobre todo por la noche.
Al salir, la ciudad estaba casi desierta. Ya no salen los feligreses de la misa de gallo. Las iglesias tenían las puertas cerradas. En el autobús de regreso, solo íbamos media docena de personas. ¿Dónde estaba el siempre tan cacareado bullicio de Nochebuena? Pensé que la decadencia, malogradamente, había hecho mella también en eso.