dilluns, 27 de desembre de 2010


TODO ES POSIBLE EN PARÍS


La desaparición del empleado


1ª parte
En otra ocasión, el escritor regresó al museo con la intención de entrevistarse con aquel hombre que una vez le explicó historias sobre apariciones, para ver si podía explicarle alguna más. Pero cuando llegó a la sala donde normalmente se hallaba, aquel hombre no estaba. No había nadie allí, nadie vigilaba, de manera que se dirigió a la sala contigua donde sí había vigilante. Le preguntó por su compañero, el de la sala de al lado. Pero solo obtuvo por respuesta que no estaba. Hombre eso ya lo veo, le replicó el escritor, no necesito que nadie me lo diga. Solo quiero saber si es su día libre o si se ha ausentado por alguna razón de fuerza mayor. O cuándo volverá. Ya no volverá más, le contestó aquel hombre. ¿Por qué, si puede saberse? ¿Lo han despedido? ¿Por qué quiere usted saber qué le ha sucedido? Será mejor que lo olvide. No está y eso es todo, señor. Tales explicaciones acrecentaron la curiosidad del escritor que siguió insistiendo aún más. Se lo ruego, le dijo, necesito verle ¿dónde puedo encontrarlo? Señor me está usted poniendo en un apuro, le ruego que no insista y si me disculpa, tengo que hacer mi ronda. Y lo dejó solo.
Aquella postura por parte de aquel empleado le pareció misteriosa a más no poder y le hizo pensar que algo había sucedido. De modo que se informó por el sistema de horarios de los empleados y decidió esperarlo a la salida. Lo fue siguiendo un buen rato. Hasta que lo vio entrar en un café. Entonces decidió abordarlo. Esperó a verlo sentare en una mesa y entonces entró él y se sentó enfrente suyo. Con su permiso, le dijo. El otro quedó sorprendido. ¡Otra vez usted! Ya le dije que no se nada sobre mi compañero. Le ruego que me deje en paz. No tiene usted derecho de acosarme de esta forma. Yo no tengo nada que ver, ¿lo entiende? Y así entre excusas, transcurrieron los siguientes minutos. Hasta que finalmente el escritor vio que aquel hombre empezaba a perder su rigidez y siguió pidiéndole que le explicase que le había sucedido a su compañero. Usted sabe perfectamente, le dijo, que le ocurrieron extraños sucesos en su sala dentro de su horario de trabajo. No me diga ahora que no sabe nada. Seguro que en algún momento le debió comentar algo. Y quién me dice que usted no es de la empresa y pretende que le explique cosas que podrían comprometerme a mí también. No se preocupe, no es ese mi trabajo. Soy escritor, un día le conocí, entablamos amistad y me contó cosas que le habían sucedido, como aquel caso de la mujer del abrigo de pieles. Para mi fue una fuente de inspiración para mis relatos que colgaba en la red. Del Louvre siempre se dijeron muchas historias en las que intervenían apariciones, usted lo debe saber, mejor que yo. Pero las que me contaba su compañero eran diferentes. Apasionantes. Por eso regresé, para que me explicara más relatos. Por eso, nada más. Pero de la forma en que usted me ha hablado esta mañana me ha parecido que todo estaba envuelto en un alo de misterio que me ha intrigado. Por eso he decidido verlo de nuevo e intentar conseguir que usted me explique qué ha sucedido. Su actitud me ha convencido de que debe haber un relato interesante escondido. ¿No es cierto?
Esta bien! Usted gana. Así es. Además nos tienen prohibido hablar del tema. ¿Tan fuerte ha sido? Cuénteme, soy todo oídos.
Verá usted … Resultó que la mujer que aparece en el cuadro de “La bañista de Valpinçon” resultó ser amante de Napoleón. Y por lo visto se veían de escondidas en “El baño turco”.

CONTINUARÁ…

1 comentari:

Maria Teresa ha dit...

Que bé tindrem intriga per dies, mentre recordem París amb enyorança. Espero el capítol d'avui.