dijous, 16 de desembre de 2010



TODO ES POSIBLE EN PARÍS

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Visita al museo del Louvre



En su visita al museo del Louvre que realizó el pasado noviembre, nuestro hombre quiso evitar la apabullante sobreabundancia y la espectacularidad que este conlleva, y tratar de reducir, aquella enorme y desmesurada pinacoteca, a un pequeño museo, a su alcance. Única forma, por otra parte, de poder saborear las obras de arte. Detenerse largo rato, si ese era el deseo, delante de un cuadro y deleitarse mirando con toda su intención, las formas y los volúmenes, sus sombras y sus luces, su espacio dividido por su composición, dejarse penetrar por su textura, y tratar de entender de dónde sale la fuerza que nos golpea cuando nos hallamos frente a él. Esa es la única fórmula posible para no ser vencidos por la demostración de poderío de esos grandes centros de arte. Y además, y sobre todo, ir a contra corriente y escapar de esa masa amorfa de turistas que solo están allí, para decir que han visitado aquel museo, al que solo acuden porque está en el programa de vacaciones, y por tanto, hay que verlo, y se pasan el rato fotografiando los cuadros con el teléfono móvil. Es ese turismo que jamás se le ha ocurrido acudir a un museo en un día cualquiera de su vida, en su propia ciudad, a la salida del trabajo o aprovechando la hora que tienen para comer a media jornada. Es ese turismo que en realidad no les interesa el arte, que pasa delante de una obra caminando, generalmente sin detenerse, hablando, por descontado de nada que tenga que ver con el arte, y que molesta a quién está concentrado contemplando aquella pieza. Ese turismo de masas a la que detesta y de la que huyó en el Louvre, turismo al que incluía también, la gente de la tercera edad, la cual en su gran mayoría, nunca antes habían pisado aquel lugar, y que ahora lo hacen siguiendo a un guía que, con el paraguas levantado, conduce su manada.
Rafel diciembre 2010