diumenge, 19 de desembre de 2010



TODO ES POSIBLE EN PARÍS

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Finalmente apareció una mujer

Desde aquel encuentro que tuvo con el director en su despacho, debido a la visita de aquel extraño personaje, estuvo siempre muy pendiente de todo aquel que apareciese a visitar la sala que él tenía asignada. No obstante, durante los días que siguieron nada sucedió de extraordinario. Más bien transcurrieron muy tranquilos, hasta el punto incluso, de llegarle a resultar aburridos. De manera que, empezó a bajar la guardia, tanto que podría decirse que ya había olvidado el asunto. Hasta el extremo de adoptar una actitud, se diría que de cierta despreocupación. Pero estaba muy lejos de ser eso cierto. En vista de que no sucedía nada, adoptó ese aspecto indiferente de forma deliberada, para ver si así, provocaba algún suceso. Y fuese por ello o porque el destino se lo tenía preparado, el caso fue que una mañana le llamó la atención una serie de gotas de agua esparcidas por la sala, en forma de hilera, recorriendo un tramo que, en un momento dado desaparecían. Observó con detenimiento el techo buscando alguna gotera, pero parecía estar todo en orden. Nada indicaba de dónde podían surgir aquellas gotas de agua. Cuidadosamente pero de forma apresurada, secaba el parqué nada más llegar. Nadie le sorprendió haciéndolo. Y él optó por no decir nada. Pero en vista de que las gotas aparecían cada mañana, un día decidió presentarse más temprano para tratar de averiguar que sucedía. El primer día no sucedió nada. Las gotas estaban allí como siempre. Durante tres días adelantó su hora de llegada, hasta que al tercer día, el suelo apareció seco. Se escondió tras el cortinaje y esperó. Al rato, apareció una mujer que solo pudo ver de espaldas. Acababa de entrar en la sala. Lo que le extrañó en ella fue el pañuelo blanco con unas franjas rojizas que recogía sus cabellos. Quizá en otro momento o lugar no le hubiese llamado la atención, puesto que se trataba de una prenda vulgar, exenta totalmente de sofisticación alguna, además llevaba unas zapatillas rojas. Y eso fue lo que precisamente le llamó a atención, porque la señora vestía un lujoso abrigo de pieles, nada acorde con el pañuelo. La mujer caminó hasta hallarse frente a un lienzo en el que se podía ver un camastro con sábanas blancas, algo desordenadas y en la izquierda una cortina de tono verdoso. El fondo estaba cubierto por una tela blanca. Y entonces sucedió lo inesperado. Quizá si no le hubiese llamado tanto la atención la indumentaria de la mujer se hubiese dado cuenta de que el cuadro estaba incompleto. Que le faltaba la figura central. La que daba el título: “La baigneuse de Valpinçon” ¿Cómo no se había dado cuenta antes? ¿Siempre estuvo así? ¿Cada día? ¿Fue a causa del aburrimiento que no lo vio? ¿O porqué no era ese el tipo de suceso que esperaba? Ya daba igual, el caso fue que pudo ver como la mujer se desprendía de su abrigo de pieles, y como su cuerpo desnudo que quedó al descubierto, se subía al cuadro, se sentaba en el camastro, recogiendo un extremo de la sábana con la mano izquierda y se la enrollaba en el brazo, quedando de espaldas a cualquier espectador, que en este caso era él, admirando aquella obra de Ingres, porque se trataba de la obra del pintor francés. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Le sucedían solo a él aquellas apariciones? Lo curioso del caso fue que en ningún momento pudo verle el rostro, cuando pudo haberlo hecho, y de haberlo logrado, sería en esos momentos la única persona, salvo el artista que la pintó, que conociese su identidad.
¿Y cómo, no se dio cuenta de que a la obra le faltaba la figura femenina? ¿Pero, cuándo marchó del cuadro? Debió de ser en alguna de mis ausencias, pensó. ¿Y a dónde fue o de dónde venía? Miró a un lado y a otro por si alguien hubiese presenciado también el suceso. Pero no, no había nadie más que él, de manera que pensó que sería mejor no explicárselo a nadie, no fuese caso que lo tomasen por loco. Aunque en todo caso, pensó, si todo aquello no era debido a estar influenciado por lo que siempre había oído decir que en el Louvre habían fantasmas que recorrían sus salas, solo que la mayor parte de las veces que escuchó aquellas historias de aparecidos, decían que sucedían, en el ala donde se hallaba ubicado el arte egipcio. Pero aquello era otra cosa, y lo entendió así, al resbalar. ¡El suelo estaba mojado! Vio que, como de costumbre, allí estaban los charquitos de agua. Las enormes gotas que marcaban un reguero a modo de camino, sobre el parqué. Volvió a mirar el cuadro. Después se giró para recoger el abrigo, pero no estaba ¡había desaparecido! Aquello empezaba a resultar alarmante. Siguió las gotas de agua que resultó que le condujeron hasta “El baño turco” otra de las pinturas de Ingres. ¡Luego, ¿quería decir, que la “La baigneuse de Valpinçon” tomaba su baño cada día en el cuadro de la sala de al lado? ¿Cómo podría explicar eso? ¿Y a quién? Porque lo que tenía claro, era que no se lo diría al director. Lo que era él, no se la jugaba dos veces.
RAFAEL dicienbre 2010

3 comentaris:

marisa ha dit...

Quan acabava el bany, abans de tornar al seu "quadre", aquella dona deleitaba les seves companyes amb un petit concert que totes escoltaven en un recollit silenci. Després prenien un té i s'acomiadaven fins l'endemà.
Cap home podia profanar aquell lloc de l'harem.

Marisa

malole ha dit...

Sembla que el detectiu Nolan està preparant alguna investigació d'aquelles que li van donar fama internacional. Quina intriga! Estic inquieta per saber a on anir à a parar tot això.

Maria Dolors ha dit...

Ahir no vaig poder publicar un comentari en el que deia(a propòsit del paris3) que m'encanta la foto en que la gent del Museu sembla que s'hagi ficat al quadre del darrera. I que on era aquella senyora que sempre surt i que vas deixar el dia anterior asseguda en un banc. No tindrà alguna cosa a veure amb aquest nou misteri? Jo de tu la vigilaria, té cara de perillosa.