dijous, 8 de desembre de 2011


EL PUENTE

De pronto sintió un absurdo pánico, como nunca antes había experimentado. Observaba a diario el blog en el cual colaboraba, pero nadie emitía señales de vida o ¿quizá debería decir de escritura? Daba igual a esas alturas de la semana. Allí todo el mundo había desaparecido. Fue tanto el pánico, que se sintió imposibilitado de escribir. Cualquier fuerza extraña podría atacarlo sabiendo que se hallaba solo. ¿Acaso se sentía indefenso? No, a tanto no llegaba, pero sí abandonado a una cruel soledad. Y todo por una estúpida semana llena de fiestas, día sí y otro también. Con la crisis que atenazaba el país y la gente de fiesta. Eso le irritó. Se tenía que celebrar una Constitución de la que él no se sentía representado y de una Virgen en la cual no creía e ignoraba. Y no obstante, esos eran los motivos que provocaron ese pánico a la soledad. El país, abandonado de su personal, podría ser aprovechado por cualquier fuerza del mal y atacado. Y lo que era peor: sin resistencia alguna. Entonces comprendió que ese era su pánico, acabar en manos de fuerzas ocultas, mientras el resto de Europa trabajaba con ahínco para salir de la crisis. Y aquí, el pueblo, autoridades, religiosos, todos de fiesta. Como si vivieran en la opulencia. A la soledad, se le unió el desasosiego por tanta irresponsabilidad. Así se sentía. Con un absurdo y estúpido sentimiento de soledad, una soledad que se reflejaba en ese blog en el que participaba. Porque nadie escribía. Todos habían abandonado sus puestos. Llevaba varios días observándolo, el teléfono no sonaba. Se había quedado sin periódico porque redujeron la distribución un 50% a causa del puente. Puente que consideró un acueducto. Largo, extenso. Provocando más aún esa soledad. Soledad incluso en el supermercado. ¿Usted por aquí? ¿No ha marchado? Miró a su alrededor: era el único cliente! Pagó deprisa y salió corriendo. ¡Maldito puente!, se dijo.

Cuando llegó a casa, cerró rápido la puerta, con siete llaves. Atrancándola con una barra de hierro. Si vienen, resistiré, pensó. Tengo víveres de sobra. Cerró el ordenador, no fuese caso que entraran por ahí en forma de virus. Tapó la televisión y la precintó, por la misma razón. Después, más tranquilo, respiró aliviado, se sentía parapetado ante cualquier ataque. Creía que podría resistir, hasta que la gente regresase. Y el país volviese a ponerse en marcha. Pero, ¿y si no regresaba nadie?, sería el único residente en toda la ciudad. Y volvió a sentir ese absurdo y terrorífico pánico.

Pasada aquella semana, no dio señales de vida. Amigos y vecinos llamaron a bomberos y mossos d’esquadra. Derribaron la puerta con grandes esfuerzos. Y lo hallaron acurrucado en un rincón de su habitación, armado hasta los dientes con cuchillos, martillos y una sierra mecánica. Estaba muerto, con los ojos muy abiertos, desorbitados. Su expresión era la de un tremendo pánico.

Rafael Rodríguez-Bella 6 y 8 de diciembre 2011