dimecres, 30 de novembre de 2011

Lo he titulado VISIONES son pequeños textos como divertimento que siempre empiezan igual para estimular la creación.


visiones

Qué demonios estaba haciendo allí, solo, rodeado de toda aquella gente que no hacía más que deambular de un lado para otro, presas de un nerviosismo como si presintieran que iba a terminarse el mundo. Continuamente recibía empujones, por un lado o por otro. ¿Por qué se le ocurrió escoger ese lugar para verse? Allí no había ni un mal bar donde poder sentarse tranquilamente a charlar. Aquello era un avispero en plena actividad. Ese maldito invento de las áreas comerciales no era otra cosa que reunir, amontonar, todas las marcas del mercado, siempre las mismas en todos los centros. Ni siquiera la variedad estaba permitida. Y en medio de todo eso estaba él. Allí plantado en mitad de una pequeña plazoleta. Esperándola. Esperándola como un imbécil, así se sentía. A fin de cuentas había sido idea suya. ¿De qué se quejaba?

visiones

Qué demonios estaba haciendo allí, solo, cámara en mano, rodeado de tanta gente joven, disfrazados de mil maneras distintas, todas emparejadas con los mangas. Sí, seguramente eso se hubiesen preguntado sus amigos si llegan a verlo. Pero él sabía perfectamente lo que quería. Lo que había ido a buscar. Plasmar en imágenes el acontecimiento que se producía año tras año en aquel punto de la ciudad. El Salón del Manga se lo proporcionaba y él como cada año allí estaba, disparando su Nikon. Encuadrando a mansalva, sin perder un solo instante. Las escenas surgían solas a un ritmo vertiginoso, no podía distraerse un solo minuto, un ojo en el visor y el otro observando cuanto sucedía a su alrededor. Las muchachas sonreían y posaban para él. También hacía disparos que se sucedían casi sin pensar, de lo contrario se le escaparía la ocasión. Cazaba las imágenes al vuelo. Con la misma alegría y dinámica con que desfilaban ante él.

visiones

Qué demonios estaba haciendo allí, solo, en mitad de aquel descampado. Estando oscureciendo. Con un frío que ya ni tenía tacto en los pies. Pero no se movía, de hacerlo, hubiese sido reconocer que le habían gastado una broma de mal gusto. Y eso era impensable en él. Siempre fue el más tozudo de todos. Nunca dio el brazo a torcer y esta vez menos aún. De modo que seguiría allí, hasta que anocheciese. Al día siguiente, corrió la voz de que había sido encontrado, tendido en el suelo del descampado, un muchacho, con signos de congelación. La vecindad al completo, se extrañó de que ninguno de sus amigos se presentase para ver al muerto.

visiones

Qué demonios estaba haciendo allí, solo, ¿a quién esperaba? ¿Con quién había quedado?, si es que había quedado con alguien. Se pasó el día entero sin moverse del lugar. Formaba una triste figura, dijeron los que lo vieron. Aunque en aquel lugar no había espacio para las alegrías. Era un cementerio pequeño, tan pequeño como el pueblo que lo acogía. Por eso llamó la atención su presencia. Alto, delgado y desgarbado, como la misma muerte. Solo una persona dijo que le recordaba a alguien, pero que no sabía precisar a quién. A sus pies dejó al fin, un ramo de rosas y una carta. Al atardecer desapareció del lugar.

Una vieja se acercó y se atrevió a sacar la carta del sobre. Leyó con rapidez, y se la llevó. Al llegar a casa la guardó, en un cajón, mezclada entre otras, con sigilo, y procurando no ser vista. Pero su nieto la había seguido sin que ella lo percibiese, y el muchacho observó, extrañado, las maniobras de su abuela. Nada dijo durante la cena, de lo visto. Solo escuchó. Por supuesto se comentó la presencia de aquel hombre. Hasta que la abuela les hizo callar a todos.

Al día siguiente, el muchacho fue directo al cementerio y rastreó el lugar en búsqueda, de no sabía el qué, y lo halló. Halló el ramo de rosas que empezaba a estar mustio y un sobre que teóricamente debía contener una carta. Lo abrió. Estaba vacío, supo entonces que la supuesta carta era la que tenía su abuela. Se quedó pensativo, mientras su mirada recorría la tumba donde estaban depositadas las rosas. Leyó sorprendido el nombre de su familia. Recordó entonces que solo estuvo ahí de pequeño, apenas cumplidos los tres años y sus recuerdos eran vagos. Vio que entraba su abuela en el cementerio, y corrió a esconderse para no ser visto. La mujer fue directa a coger las flores y el sobre y los tiró en el contenedor de las basuras. Después se fue. Cuando llegó a su casa la criada le informó que su abuela había ido al mercadillo del pueblo de al lado, y vio que ella estaba atareada con la limpieza a fondo de la cocina. Comprobó que no le observaba y fue directo a la consola donde fue guardada la carta. Fue fácil encontrarla, el resto todas tenían su sobre. La desplegó y se puso a leer: “Tú no estás aquí, da igual, ese era el sitio destinado a ti, como al resto de tu familia. La abuela no quiso que estuvieras. Te condenó al destierro. Entregó tu cuerpo a la ciencia. Nunca quiso saber de ti y menos de tu hombre, mi padre. Pero para mi este lugar es más tuyo ahora que de nadie los que aún quedan vivos. Que lo sepas abuela.”

Se quedó con la carta. Fue a la copistería del pueblo y saco una docena de copias.

Al llegar su abuela, casi al mismo tiempo que sus padres, se encontraron una carta en cada estancia, sobre la mesa, pegada en las ventanas, sobre las camas.

Durante la comida, hubo un denso silencio, hasta que en el momento del postre la abuela dijo escuetamente: “No tenéis ningún derecho de hacer lo que habéis hecho”.

—Te equivocas abuela —era la primera vez que él intervenía en asuntos de familia—, está por encima el derecho de mi primo, el hijo de mi tía que no permitiste enterrar con los nuestros.

Sus palabras sonaron con el mismo peso de aquella lápida familiar del cementerio. Después de aquel día ya nada fue igual en aquella casa. El silencio, la culpabilidad lo inundó todo. Un año después él marchaba a la ciudad y dijo que no regresaría, mientras la abuela viviese. Lo cumplió.

2 comentaris:

marisa ha dit...

Qué demonios estaba haciendo allí, solo, escribiendo como un poseso, robándole horas al sueño, gastándose la vista, tachando cada noviembre el día del calendario que coincide con su cumpleaños para alargar la vida que avanza inexorable. ¡Le queda todavía tanto por escribir! Un petó, Rafael.

Maria Dolors Giral ha dit...

Espero que continúis, són molt bons i prova de la teva fèrtil, gairebé inaudita, imaginació.