dilluns, 26 de juliol de 2010

Escribía con una hermosa letra.


Acostumbraba a escribir con una hermosa letra. Aprendió a desarrollarla desde su tierna infancia. Las monjas les obligaban a practicar la escritura, entre dos largas líneas horizontales y paralelas que de vez en cuando, se veían cruzadas por una barra inclinada, hacia la derecha, por la parte alta. Aquella rígida disciplina, dio por resultado, esta letra que todos admiraban.
Hasta que ocurrió, lo que ocurrió, y que nunca nadie, hubiese podido creer que llegase a suceder. Un buen día, la dueña de la papelería, donde ella compraba el papel y las libretas para escribir, dijo que su proveedor había dejado de fabricar papel con las dos líneas de guía.
La muchacha se sintió perdida. Y dejó de escribir. Pasaron los años, la muchacha creció y de mayor decidió ser escritora.
Pero aquella hermosa letra que una vez hizo, no surgió. Su letra ahora, era horrenda. Torturada y de difícil lectura. Y lo curioso fue que sus escritos se correspondían con aquella nueva tipología. Los relatos resultaron terroríficos. La editorial estaba satisfecha por las ventas que generaban.
Conforme escribía, su letra resultaba ser más horrenda y en consecuencia sus relatos también. Y lejos de ser un fracaso, curiosamente se transformó en un enorme éxito. No obstante, llegó lo que era de esperar: el editor cada vez entendía menos sus escritos, y al cabo de un tiempo, dejó de publicar.
Cortada su fuente de ingresos, se hizo imprimir cuartillas con las dos líneas horizontales y paralelas, para poder así regresar a su hermosa y querida caligrafía. Y sucedió que sus historias, no fueron las mismas. Resultaron ser, cuentos rosas, llenos de almíbar y cargados de sentimentalismo. En definitiva, dulces y empalagosos a más no poder. Pero, contrariamente a la hecatombe comercial que esperaba la editorial, las ventas se triplicaron. Lo que provocó el desespero de la escritora que tras múltiples discusiones con su editor, finalmente dejó de escribir.

Rafael Rodríguez-Bella 26 / 7 / 2010

1 comentari:

marisa ha dit...

Córcholis, Rafael, cada cop escrius més i més bé. Potser si que la constància és la mare de totes les virtuts.