

Roman Cieslewicz
Hoy lo he sabido, que aquel hombre que conocí en París la primavera de 1966, en el estudio de la revista ELLE, Roman Cieslewicz, moría treinta años después, en 1996. Diez años más que yo, y una preparación profesional muy superior a la mía, me recibió sencilla y amablemente, sin haberle pedido entrevista previa, y se miró detenidamente mis trabajos. Y para mi satisfacción y sorpresa a la vez, dijo gustarle y me preguntó qué pensaba hacer. Le expuse lo que deseaba: trabajar para la revista que él dirigía en aquellos momentos. Su respuesta fue directa ¿cuándo quiere empezar? Supongo que la expresión que vio en mi rostro fue la de la incredulidad de lo que me estaba proponiendo. Insistió: Puede empezar mañana mismo si quiere. Muy a mi pesar tuve que aclararle, en mi pobre francés que lo que deseaba, era trabajar desde mi casa y enviarle mis trabajos por correo, como otros ilustradores hacían. Lo siento, esto no puede ser. Si quiere el trabajo, tendrá que ser trabajando aquí, en mi equipo. La ilusión, la felicidad, duró solo unos instantes y regresé a la realidad. Todo volvía a quedar como antes. Aunque con un regusto a reconocimiento profesional que me dio, eso sí, satisfacción. Esa satisfacción y ese reconocimiento de los que siempre andamos escasos en nuestro oficio. La noticia que he conocido hoy, quince años después, me ha hecho recordar aquella decisión que tomé, muy decidido, tanto que, después con el tiempo siempre me he preguntado cómo me había atrevido. Si en aquellos instantes no hubiese estado casado y con una hija recién nacida, tan solo tres meses antes, posiblemente, ilusionado me hubiese quedado a probar suerte. Residir en la capital francesa, trabajar en la revista ELLE, en el equipo de Roman Cieslewicz, ¿qué más podía pedir? Estando en los inicios de mi carrera.
Salí a la calle, con mis trabajos bajo el brazo en una discreta carpeta. Imposible pensar en aquellos instantes que al día siguiente tenía una sesión fotográfica con Jaques Moutain y varios modelos para la próxima campaña de camisas Tervilor. Para eso has venido, me dije aquella noche. Trabajas para Dayax, es la que te ha enviado. Pero seguí soñando toda la noche con lo que podía haber sido. Y sobre todo que mi trabajo fue bien valorado por una de las figuras importantes del diseño y el cartelismo europeo. Aquello fue tanto o más importante. Un hombre del que conocía algunos de sus trabajos, expuestos en los pasillos del cine de Arte y Ensayo, Alexis. Y que acababa de descubrir que estaba como director artístico de la revista ELLE. Por descontado nada dije a nadie salvo a ella, que aprovecharía aquel viaje para presentarme a él y tratar de trabajar, desde Barcelona, como hacían algunos de los ilustradores que conocía. Quizá la diferencia estaba en que ellos trabajaban para una agencia. Y los encargos venían a través de ésta. No lo conseguí, pero me quedó la satisfacción del reconocimiento de mi trabajo.